domingo, 14 de diciembre de 2008

Efraín Huerta, Tláloc y el hartazgo

Tláloc
autor: Efraín Huerta

Sucede
Que me canso
De ser como dios
Sucede
Que me canso
De llover
Sobre mojado

Sucede
Que aquí
Nada sucede
Sólo la lluvia
_____ lluvia
_____ lluvia
_____ lluvia


El pretexto aquí del poeta mexicano Efraín Huerta (1914-1982) es el dios nahua de la lluvia, (o bien el dios mesoamericano de la lluvia que entre los nahuas se llamaba) Tláloc.
(Lo reconocerás por la especie de anteojos que lleva siempre, y por ese como bigotito suyo.)
O sea que en apariencia de lo que se trata es de un homenaje al pasado americano pre-europeo, o a determinada vertiente de celebración de la mexicanidad.

Pero démosle una segunda lectura al poema.

Tláloc se personifica. El poeta se mete en los zapatos de Tláloc. Es decir: en los cacles de Tláloc.

Se pone a pensar qué se sentirá ser un dios ancestral, inmortal, un ídolo de piedra con la burocrática función de hacer llover.
La solución a la que llega es: soledad, fastidio, aburrimiento.

¡Alto!: esto no termina aquí.
Lleguemos más profundo en una tercera lectura.
En esta ocasión olvídate de Tláloc, de los aztecas, de la lluvia, y lee el poema pero omitiendo el título.
Imagina que quien está hablando es el propio Efraín Huerta.

¿Qué tal?

Lo que vemos es a alguien (por ejemplo el poeta, que tradicionalmente es “como dios”) cansado de predicar en el vacío.
Vemos la frustración de sembrar en tierra árida (o de llover sobre mojado); el desencanto de que la propia labor (en este caso la labor del vate de iluminar a la gente) no produzca ningún efecto que altere la apatía, omnipresente e inmóvil:
“sucede que aquí nada sucede…”.

Y vemos asimismo el hartazgo de quien ha intentado infructuosamente sus cometidos una y otra y otra vez, y de pronto encara de frente ese particular sentimiento de frustración.

Sentimiento que seguramente tod@s nosotr@s hemos compartido al menos alguna vez en la existencia…



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