sábado, 25 de julio de 2009

Sebastián Salazar Bondy y el exilo espiritual

Un poeta que sea a la vez su propio editor suena plausible, sobre todo con tecnologías digitales a la mano; pero imagina una instancia previa a la tv en la que sólo había máquinas de escribir, y que ese poeta fuera prácticamente toda la crítica literaria, pero también él mismo prácticamente todos los lectores de su país.

No muy lejos de ese extremo hiperbólico se encuentra Sebastián Salazar Bondy (1924-1965), el poeta de Lima.

Refiere su compatriota Mario Vargas Llosa en el sentido ensayo que le dedicó como homenaje póstumo, que cuando Salazar Bondy fue velado, el sitio se llenó de flores y su ciudad entera lo lloró.

Muestra de la simpatía y la generosidad del poeta, pero sobre todo del asombro admirado de los limeños ante un artista que vivió a contracorriente, consagrándose a “imponer la literatura al Perú”.

Inquieto, insatisfecho, creador desbordado en un medio impermeable a la alta cultura, Sebastián se percibía como “triste poeta de la clase media”. Estudió Letras pero nunca se graduó, trabajó en la Biblioteca Nacional pero nunca quiso ser bibliotecólogo, su participación en política lo dejó frustrado.

Él quería ser escritor, pero no encontró cómo sobrevivir en su país a partir de su oficio. Buscando eso, buscándose, partió a Buenos Aires en un exilio voluntario, que le duró cinco años.

No le importó al principio vender navajas de afeitar en la calle para ganarse el pan. Porque al poco tiempo estaba publicando textos en el suplemento cultural del diario La Nación y había entrado a formar parte del grupo de colaboradores de la prestigiosa revista literaria Sur.

En 1952, Salazar Bondy se dejó coquetear por el teatro, y se incorporó eventualmente a una compañía como asesor literario. La seducción o el entusiasmo fue tal, que persiguió y obtuvo una beca para estudiar cursos de dirección de teatro. en el Conservatorio de Arte Dramático de París.

¿Qué le pasó a Sebastián Salazar Bondy?

Pudo haber permanecido en Francia, volverse él mismo peruano-francés, igual que los grandes poetas de su país Moro y Vallejo. Pudo haber regresado a Buenos Aires, ciudad por demás literaria, donde ya se había hecho de un espacio y de un nombre.

Pudo, en fin, haber explorado otros nuevos horizontes cuyas puertas su amplia cultura, su talento literario y su espíritu ferviente le hubieran abierto con facilidad en cualquier urbe del mundo.

Pero decidió regresar a Lima.

Regresó a volver a inventar el teatro en su país, a sembrar todas las facetas del arte dramático, que él cual hombre-orquesta encarnó: autor, editor de sus propias obras, columnista de teatro, profesor y director teatral.

Pero con similar ímpetu promovió las artes plásticas y la crítica literaria y la formación de gente de teatro y continuó escribiendo poesía, y de ese modo Sebastián Salazar Bondy se convirtió en una referencia indispensable de la vida cultural en el Perú de su época.

Su entusiasmo, empero, era tan intenso como su frustración ante una labor que a él ciertamente le parecía infructuosa. Tanto su tristeza como su sereno desencanto los plasmó en un ensayo medular para comprender su entorno: Lima la horrible.

Y con ese mismo furor falleció, ignoro de qué pero sorpresivamente, a los 40 años de edad.

Este poema (de Confidencia en alta voz, 1960) se refiere esencialmente, creo, a que el arte no tiene ningún sentido si no persigue vincularse con su raíz o su alma cultural. Recurre a versos blancos muy pulcros, y a una cadencia discursiva que acentúa el efecto confesional.

Y al mismo tiempo, luego de conocer los avatares de la biografía de Sebastián Salazar Bondy, se trata, al menos desde nuestra perspectiva, de un autorretrato estupendo, un tanto desolador, de su vida entregada y generosa.


[Gonzalo Vélez]



El poeta conoce la poesía
autor: Sebastián Salazar Bondy

Permítanme decir que la poesía
es una habitación a oscuras, y permítanme también
que confiese que dentro de ella nos sentimos muy solos,
nos palpamos el cuerpo y lo herimos,
nos quitamos el sombrero y somos estatuas,
nos arrojamos contra las paredes y no las hallamos,
pisamos en agua infinita y aspiramos el olor de la sangre
como si la flor de la vida exhalara en esa soledad
toda su plenitud sin fracasos.

Permítanme, al mismo tiempo, que pregunte
si un peruano, si un fugitivo de la memoria del hombre,
puede sentarse allí como un señor en su jardín,
tomar el té y dar los buenos días a la alegría.
Qué equivocados estamos, entonces, qué pálida
es la idea que tenemos de algo tan ardiente y doloroso.
Porque, para ser justos, es necesario que envolvamos nuestra ropa,
demos fuego a nuestras bibliotecas,
arrojemos al mar las máquinas felices que resuenan todo el día,
y vayamos al corazón de esa tumba
para sacar de ahí un polvo de siglos que está olvidado todavía.

No sé si esto será bueno, pero permítanme que diga
que de otro modo la poesía está resultando un poco tonta.




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