Mostrando entradas con la etiqueta seducción. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta seducción. Mostrar todas las entradas

viernes, 8 de mayo de 2009

Duque de Rivas, herido por fuera y por dentro

El romanticismo español está marcado por la invasión de Napoleón y la regencia francesa en la Península Ibérica en la segunda década del siglo diecinueve, lo que terminó significando la fragmentación política de la geografía de la lengua española.

Ángel Saavedra (1791-1865), mejor conocido como Duque de Rivas, titulo que heredaría, representó una especie de puente entre el neoclasicismo desmoronado y la sensibilidad del nuevo siglo, romántica. Pertenecía, en efecto, a la alta nobleza, pero su mentalidad era liberal-progresista (aunque no tanto, ma non tropo, supongo).

Cuando Fernando VII fue restaurado en la fatídica década de los veinte, el Duque de Rivas tuvo que exilarse, por conspirador, viviendo en distintos países europeos, sobre todo en Malta, donde permaneció cinco años.

Con la amnistía de 1833, nuestro duque regresó a España, donde participó el resto de su vida en la política. Entre otros cargos, fue presidente de la Real Academia Española de la Lengua.

Si bien se distinguió como dramaturgo, sobre todo con Don Álvaro o La fuerza del sino, en su prolífica obra cultivó varios géneros. Le interesaban los temas históricos como muestras de un pasado ideal al que convendría regresar, la lealtad y el honor como medida del individuo, y el amor apasionado e intenso. En el Duque de Rivas encarna, en fin, de manera típica, la sensibilidad romántica en la literatura española.

Los fusilamientos de mayo de 1808 que Goya pintó ocurrieron a causa de la invasión francesa. En esa guerra, precisamente, combatió el Duque de Rivas, como capitán de caballería ligera. Fue herido un año después en Ontígola, y, fuera de combate, sólo le quedó presenciar desamparado cómo España se perdía ante Napoleón.

Podemos imaginar al joven duque arrastrando sus heridas y su derrota tras la batalla, y llegar a un pueblo donde una joven “hermosísima” le ofrecía cura y hospedaje. Las que lleva en su cuerpo son “once heridas mortales”, pero la herida espiritual es más dolorosa y profunda, y sólo se cura pacientemente con amor. Con amor sensual carnal, como entendía el Duque.

El valiente soldado herido, que resistió a Marte, el dios de la guerra, se ve ahora inerme ante las flechas del dios del amor, aunque éste apenas sea un niño, un “rapaz”. Al final de la historia, tanto tú como yo podemos preguntarnos qué le habrá respondido la hermosa Filena al Duque, y dejar que nuestra fantasía se ocupe de lo que a ambos les habrá ocurrido después, aquella misma noche.


[Gonzalo Vélez]



“Con once heridas mortales…”
autor: Duque de Rivas

Con once heridas mortales,
hecha pedazos la espada,
el caballero sin aliento
y perdida la batalla,

manchado de sangre y polvo,
en noche oscura y nublada,
en Ontígola vencido
y deshecha mi esperanza,

casi en brazos de la muerte
el laso potro aguijaba
sobre cadáveres yertos
y armaduras destrozadas.

Y por una oculta senda
que el Cielo me depara,
entre sustos y congojas
llegar logré a Villacañas.

La hermosísima Filena,
de mi desastre apiadada,
me ofreció su hogar, su lecho
y consuelo a mis desgracias.

Registróme las heridas,
y con manos delicadas
me limpió el polvo y la sangre
que en negro raudal manaban.

Curábame las heridas,
y mayores me las daba;
curábame el cuerpo,
me las causaba en el alma.

Yo, no pudiendo sufrir
el fuego en que me abrazaba,
díjele: “Hermosa Filena,
basta de curarme, basta.

Más crueles son tus ojos
que las polonesas lanzas:
ellas hirieron mi cuerpo
y ellos el alma me abrasan.

Tuve contra Marte aliento
en las sangrientas batallas,
y contra el rapaz Cupido
el aliento ahora me falta.

Deja esa cura, Filena;
déjala, que más me agravas;
deja la cura del cuerpo,
atiende a curarme el alma”.



*** *** ***
¿ Te gustó ? ¡ Suscríbete y recibe 1poeta & 1poema en tu buzón !
*** *** ***

lunes, 20 de abril de 2009

Julia de Burgos: Río Grande de Poesía

El poeta más destacado de Puerto Rico, y una de las voces poéticas más penetrantes de la literatura en español en el siglo veinte, es Julia de Burgos (1914-1953). Voz de la sensualidad, de la carnalidad, del erotismo, pero también de los desgarres internos que suscita el amor apasionado.

Su vida, tanto o más intensa que su poesía, comenzó de manera algo melodramática, en una familia pobre y numerosa de Carolina, Puerto Rico. Entre trece hermanos y hermanas ella fue la más inteligente, y sus padres se preocuparon de que avanzara lo más posible en sus estudios.

A los 19 años Julia de Burgos se graduó como maestra normalista. A los 20 se casó y empezó a trabajar en un organismo que repartía desayunos gratuitos a niños de familias sin recursos, y luego dio clases en un barrio popular. En 1936 se afilió al Partido Nacionalista de Puerto Rico, que abogaba por la independencia. Y se relacionó, en fin, con las principales figuras literarias de su país.

En esta época es cuando Julia de Burgos se empieza a dar a conocer como poeta, sobre todo a partir de “Río Grande de Loíza”, poema carnal sobre el despertar de su propia sexualidad, unida a un no muy etéreo amado, que en el poema (como en algunos mitos griegos) toma forma de río, llevándose mezcladas en sus aguas las aguas del amor de ella, de esa “desnuda carne blanca que se te vuelve negra / cada vez que la noche se te mete en el lecho”.

No es difícil adivinar aquí a su primer esposo, y en el cauce del río el anhelo de permanecer juntos toda la vida. Aunque más tarde, como lo revela ella misma en un poema posterior, le habría de aparecer un rival de ese río suyo. Un rival menos ideal y más carnal, suponemos. En 1937 rompió, pues, su matrimonio, y al año siguiente se juntó con el amor más intenso de su vida, el médico Juan Jimenes Grullón.

En 1940 viajó a La Habana y a Nueva York, donde recibió una cálida bienvenida e impartió alguna conferencia. En 1941 se estableció en La Habana, y al año siguiente, con mucho dolor, se separó del Dr. Jimenes. La ruptura la motivó para regresar a Nueva York en busca de su suerte.

En la metrópolis conoció Julia a su tercer esposo, el músico Armando Marín, y permaneció ahí más de diez años. Sin embargo, eventualmente a ella le detectaron cáncer, lo cual, aunado a cierta insatisfacción emocional, la llevó a aficionarse al alcohol y a sumar al cuadro una cirrosis hepática.

Su final es patético, pues falleció en la calle, víctima de una pulmonía desatendida, pero como no llevaba ni papeles ni identificación su cuerpo fue depositado en una fosa común; hasta que alguien en Puerto Rico dio con ella y la regresó, para darle sepultura en su natal Carolina.
Tenía 39 años.

En este divertimento poético, que en algo recuerda a los juegos de silogismos de Sor Juana, Julia de Burgos se disfraza de ilusionista, y con un par de pases y palabras mágicas consigue nada menos que la nada desaparezca.

El nihilismo, con todos sus postulados abstractos, queda desactivado ante la contundencia de los cuerpos. Con una sonrisa un tanto sarcástica y con un elegante brindis, la poeta despoja a los argumentos de sus vestimentas filosóficas, y, ya desnudos, hace que develen lo evidente: un cuerpo junto a otro cuerpo son dos cuerpos.


[Gonzalo Vélez]



Nada
autora: Julia de Burgos

Como la vida es nada en tu filosofía, brindemos por el cierto no ser de nuestros
cuerpos. Brindemos por la nada de tus sensuales labios que son ceros sensuales en
tus azules besos; como todo azul, quimérica mentira de los blandos océanos y de
_______ los blancos cielos.

Brindemos por la nada del material reclamo que se hunde y se levanta en tu carnal
deseo; como todo lo carne, relámpago, chispazo, en la verdad mentira sin fin del
Universo.

Brindemos por la nada, bien nada de tu alma, que corre su mentira en un
potro sin freno; como todo lo nada, buen nada, ni siquiera se asoma de repente en
un breve destello.

Brindemos por nosotros, por ellos, por ninguno; por esta siempre
nada de nuestros nunca cuerpos; por todos, por los menos; por tantos y tan nada;
por esas sombras huecas de vivos que son muertos.

Si del no ser venimos y hacia el
no ser marchamos, nada entre nada y nada, cero entre cero y cero, y si entre nada
y nada no puede existir nada, brindemos por el bello no ser de nuestros cuerpos.



*** *** ***
¿ Te gustó ? ¡ Suscríbete y recibe 1poeta & 1poema en tu buzón !
*** *** ***

lunes, 15 de diciembre de 2008

Efrén Rebolledo: Victoria de la carne

Esta pequeña perla de la poesía erótica está embrocada en esa rara joya que es Caro Victrix, la Victoria de la carne, de 1916, acaso el mejor poemario de un poeta mexicano a veces un tanto relegado: Efrén Rebolledo (1877-1929).

Tengo para mí que el maestro Rebolledo entró al servicio diplomático para marcharse lo más lejos posible de su natal Actopan, Hidalgo, lugar remoto donde en aquella época no había mucho futuro para la poesía.
Y de este modo llegó lo mismo a China que a Escandinavia.
Finalmente falleció en Madrid.

Cabe mencionar que sus treinta años como diplomático en los confines del mundo abarcaron la mayor parte de la revolución mexicana. Lo cual refuerza la idea de que prefería estar lejos que inmiscuirse en política:
¡sano ejemplo para todos los poetas!

La nota más destacada de la poesía de Efrén Rebolledo es su elegancia; más allá de que su lenguaje y sus modos sean los propios del modernismo, o sea de su época.
Muestra de tal refinamiento es este soneto.
Elegancia sin afectaciones.
Sobre todo al escribir poesía erótica en contraposición a una mojigatería tradicional y recalcitrante que en este país ha llegado a alcanzar grados sumos.

O no sé por qué, es un lenguaje, el modernista, que cada vez me suena menos afectado.
Será por el mundo hoy tan explícito y, cómo decir, deselegante, desafectado...
(tal vez sea mejor no decir nada).

En esta Posesión ella se entrega como "paloma agonizante", que al sucumbir al amor abre las piernas, quiero decir: las puertas, al paraíso del placer.
Y cuando llega a la culminación del momento, que pasa como un "torbellino", sus gemidos en palabras del poeta son de una belleza de lo más sensual.


Posesión
autor: Efrén Rebolledo

Se nublaron los cielos de tus ojos,
y como una paloma agonizante,
abatiste en mi pecho tu semblante
que tiñó el rosicler de los sonrojos.

Jardín de nardos y de mirtos rojos
era tu seno mórbido y fragante,
y al sucumbir, abriste palpitante
las puertas de marfil de tus hinojos.

Me diste generosa tus ardientes
labios, tu aguda lengua que cual fino
dardo vibraba en medio de tus dientes.

Y dócil, mustia, como débil hoja
que gime cuando pasa el torbellino,
gemiste de delicia y de congoja.



¿ Te gustó ? ¡ Ven y acércate suavemente a la poesía !



*** *** ***

sábado, 6 de diciembre de 2008

El "Madrigal" de Cetina: Una mirada a la mirada

¿Quién no se ha quedado prendad@ de una mirada?
Una mirada es capaz de hechizarte y dejarte enamorad@ de por vida. O por lo menos un buen rato. Un rato largo, en todo caso, para las personas enamoradizas.
El corolario, o complemento, de esto, es el de quien padece de amor y busca que la persona objeto de ese amor se enamore igualmente. Sin embargo:
¡Oh desgracia de la vida!
¡El objeto del amor ignora al enamoradizo! ¡Y el enamoradizo sufre! Porque:
¡Una sola mirada suya me diría que al menos existo para ella, o para él!
Esto lo sabía a la perfección el buen Gutierre de Cetina, que nació en Sevilla en 1520 y murió en la muy noble y leal ciudad de México de la Nueva España en 1557, parece que como consecuencia de un lío de faldas.
El poeta de trágico destino nos demuestra con este inmortal poema que las miradas hechiceras han existido siempre, porque, ¡qué duda cabe!, los ojos son las puertas del alma.


Madrigal
autor: Gutierre de Cetina

Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a aquel que os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.


¿ Te gustó ? ¡ Suscríbete y recibe un poema diario en tu buzón !

*** *** ***