Mostrando entradas con la etiqueta arte poética. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta arte poética. Mostrar todas las entradas

domingo, 1 de febrero de 2009

Pablo de Rokha: Antipoesía

Desbordado, excesivo, incansable, igual a esos volcanes que siempre están haciendo erupción, echando fuera, echando fuera, como si el tiempo no bastara nunca para terminar de decir, para vaciarse, para estar en paz: así era el poeta chileno Pablo de Rokha (1894-1968).
O por lo menos es fácil hacerse esa idea a partir de su poesía. O antipoesía. O discurso exacerbado. O géiser de palabras.

38 libros de poesía, además de ensayos de estética, apuntes de sociología, artículos periodísticos, escritos sobre política, discursos, epístolas. Tal efusión energética puede entenderse mejor en su contexto generacional. El periodo de entreguerras fue una tierra fértil para la utopía. Era fácil ser radical de ideas, pues el cambio del mundo, que ya había iniciado, parecía estar muy al alcance de la mano por el bien de la humanidad.

En términos políticos, creer significa estar convencido, y en el convencimiento no cabe la menor duda.
(¿Es así?)

En 1922, más o menos a la par que los primeros libros de Gabriela Mistral y los de su Némesis, el descomprometido (no sólo en opinión de De Rokha) Pablo Neruda, nuestro poeta publica su primer libro, Los gemidos, un fracaso total de ventas y ante la crítica.

De Rokha estaba convencido, además, de que el artista, especialmente el poeta, era una especie de súper-hombre dionisiaco con la suficiente energía como para transformar o trastornar el universo. O siquiera para re-estructurar la vida a partir del lenguaje.

Siendo él poeta, y un poeta así, era por lo tanto incuestionable su autoridad moral en asuntos de la verdad (al menos eso era lo que él creía), y entonces no había nada que le impidiera imponer sus opiniones a los demás en términos absolutos. Esta naturaleza radical se refleja en sus críticos: o bien lo consideran un creador de facultades extraordinarias, o bien un retórico carente de fundamentos. Esto explica también su ausencia en antologías.

Suele ocurrir así con los expresionismos, en ese característico desbordamiento energético: todo sale, nada entra; el artista no tiene tiempo de ver otra perspectiva del mundo más que la suya propia, ya que incesantemente se la pasa expresando(se).

La vida de Pablo de Rokha, empero, fue sin duda muy rica en experiencias, aunque terminara fatalmente (el poeta se suicidó a los 74, el mismo año de la muerte de su hijo). La actitud incandescente, extrovertida, de su (anti)poesía, acaso refleja, en el fondo, una intensa pasión por vivir.


[Gonzalo Vélez]



Balada de Pablo de Rokha (fragmentos)
autor: Pablo de Rokha

Yo canto, canto sin querer, necesariamente, irremediablemente, fatalmente, al azar de los sucesos, como quien come, bebe o anda y porque sí; moriría si NO cantase, moriría si NO cantase; el acontecimiento floreal del poema estimula mis nervios sonantes, no puedo hablar, entono, pienso en canciones, no puedo hablar, no puedo hablar; las ruidosas, trascendentales epopeyas me definen, e ignoro el sentido de mi flauta; aprendí a cantar siendo nebulosa, odio, odio las utilitarias, labores, zafias, cuotidianas, prosaicas, y amo la ociosidad ilustre de lo bello; cantar, cantar, cantar...—he ahí lo único que sabes, Pablo de Rokha!...

+

Los sofismas universales, las cósmicas, subterráneas leyes dinámicas, dinámicas me rigen, mi canción natural, polifónica se abre, se abre más allá del espíritu, la ancha belleza subconciente, trágica, matemática, fúnebre, guía mis pasos en la oscura claridad; cruzo las épocas cantando como un gran sueño deforme, mi verdad es la verdadera verdad, el corazón orquestal, musical, orquestal, dionysiaco, flota en la augusta perfecta, la eximia resonancia unánime, los fenómenos convergen a él, y agrandan su sonora sonoridad sonora, sonora; y estas fatales manos van, sonámbulas, apartando la vida externa –conceptos, fórmulas, costumbres, apariencias–, mi intuición sigue los caminos de las cosas, vidente, iluminada y feliz; todo se hace canto en mis huesos, todo se hace canto en mis huesos.

+

Pus, llanto y nieblas lúgubres, dolor, sólo dolor mamo en los roñosos pechos de la vida, no tengo casa y mi vestido es pobre; sin embargo, mis cantares absurdos, inéditos, modestísimos suman el pensamiento, TODO el pensamiento de la raza y la voz del instante; soy un país HECHO poeta, por la gracia de Dios; desprecio el determinismo de las ciencias parciales, convencionales, pues mi sabiduría monumental surge pariendo axiomas desde lo infinito, y su elocuencia errante, fabulosa y terrible crea mundos e inventa universos continuamente; afirmo o niego, y mi pasión gigante atraviesa tronando el pueblo imbécil del prejuicio, la mala aldea clerical de la rutina.

+



¿ Te gustó ? ¡ Ven y acércate amablemente a la poesía !


*** *** ***

sábado, 24 de enero de 2009

Enrique Lihn: Poesía, volvamos a la tierra

Siglos atrás, las esferas aristotélicas constituyeron nada menos que la imagen del mapa del cosmos universo, incluyendo todo cuanto existe.

Se me ocurre que en cierto sentido fueron a las imágenes mentales lo que la escenografía captada por el telescopio Hubble a las imágenes visuales, pero a través de la refinada óptica del pensamiento magistral y medieval de Santo Tomás de Aquino.

En este orden de las cosas, que era, precisamente y antes que nada, un Orden, todo encontraba su lugar en una categoría, la cual estaba englobada en otra categoría, y así sucesivamente, como esferas contenidas una dentro de la otra, hasta llegar a Dios.

A la esfera de las piedras y minerales seguía la de las plantas, y a ésta la de los animales inferiores, luego los superiores, luego el ser humano, luego, potencias, querubines, ángeles, arcángeles, etc. Y la música de las estrellas era entonces la armonía universal.

Pues bien. Entre tantas cosas que el siglo veinte destruyó, una de las más significativas fue la armonía. Y si hay una mitad optimista, utopista, del siglo pasado, digamos hasta antes de la segunda guerra mundial, y otra mitad pesimista, existencialista, después, el poeta chileno Enrique Lihn (1929-1988) suele ser vocero en su obra de ese malestar generacional.

Amargura, desencanto, vuelta de la poesía hacia sí misma, hacia la auto-reflexión.
Inmerso en la batahola de su siglo, el poeta percibe de alguna manera que algo anda mal en la relación de la poesía con el mundo, como si las esferas aristotélicas se hubiesen desafinado.

Este poema de 1969 es una indagación que parece también un soliloquio. ¿Sirvió alguna vez la poesía para algo? ¿Tiene algún sentido la palabra poética?
Tú qué piensas.


[Gonzalo Vélez]



La musiquilla de las pobres esferas
autor: Enrique Lihn

Puede que sea cosa de ir tocando
la musiquilla de las pobres esferas.
Me cae mal esa Alquimia del Verbo,
poesía, volvamos a la tierra.
Aquí en París se vive de silencio
lo que tú dices claro es cosa muerta.
Bien si hablas por hablar, "a lo divino",
mal si no pasas todas las fronteras.

¿Nunca fue la palabra un instrumento?
Digan, al fin y al cabo, lo que quieran:
en la profundidad de la ignorancia
suena una musiquilla verdadera;
sus auditores fueron en Babel
los que escaparon a la confusión de las lenguas,
gente anodina de los pisos bajos
con un poco de todo en la cabeza;
y el poeta más loco que sagrado
pero con una locura con su cuerda
capaz de darle cuerda a la alegría,
capaz de darle cuerda a la tristeza.

No se dirige a nadie el corazón
pero la que habla sola es la cabeza;
no se habla de la vida desde un púlpito
ni se hace poesía en bibliotecas.

Después de todo, ¿para qué leernos?
La musiquilla de las pobres esferas
suena por donde sopla el viento amargo
que nos devuelve, poco a poco, a la tierra,
el mismo que nos puso un día en pie
pero bien al alcance de la huesa.
Y en ningún caso en lo alto del coro,
Bizancio fue: no hay vuelta.

Puede que sea cosa de ir pensando
en escuchar la musiquilla eterna.



¿ Te gustó ? ¡ Ven y acércate amablemente a la poesía !


*** *** ***

lunes, 12 de enero de 2009

Vicente Huidobro: Que la rosa florezca...

En la cima de una colina poco frecuentada que domina la ciudad de Cartagena, en la costa de Chile, se encuentra la tumba de uno de los autores fundamentales de la poesía del siglo veinte en lengua española: Vicente Huidobro (1893-1948).

Huidobro fue un poeta de acción, de vivencia, de movimiento. Al embelezo un tanto autocomplaciente, un tanto conservador y un tanto escapista del modernismo, él es de los primeros en contraponer los principios de las vanguardias artísticas del primer tercio de siglo, y en aplicarlos a la poesía en nuestro idioma.

Tal vez hubiera podido ser un poeta francés, por su prolongada estancia en París y su amistad estrecha con los pintores, músicos y escritores que marcaron la vanguardia de las vanguardias del arte del siglo veinte.

Pero el poeta chileno, que efectivamente escribió mucho en francés (por ejemplo esos poemas manuscritos en los que la línea escrita dibuja al mismo tiempo una forma que representa al tema, como un molino si el poema habla de un molino, etc.), encontró en las avant-gardes parisinas el alimento para su proyecto literario, el cual se puede entrever ya en este poema, "Arte poética", publicado en El espejo de agua en 1916, antes de embarcarse por primera vez rumbo a Europa.

Experimentación, renovación, ruptura: creacionismo.
Tal era el nombre con el que se pretendía nombrar esa actitud hacia la poesía, que también era una actitud apasionada, efervescente ante la vida.

Hay una especie de discreta alabanza hacia lo nuevo, hacia lo que está por inventarse, con ese optimismo abierto a utopías propio de los años de entreguerras: deleite por lo moderno, por lo recién innovado, por lo inédito. Así, el célebre poema Altazor, del que ya existían esbozos antes de 1920, alude a un viaje en paracaídas.
¡En paracaídas!
(toma en cuenta que en esa época los aviones eran un invento muy reciente...)

Lo que Huidobro nos revela én "Arte poética" es un principio que debería ser el rector, no sólo para la poesía y los poetas, sino para todo arte y todo artista: no hay que cantar la rosa, sino hacerla florecer en el arte.

En la colina de Cartagena, Chile, en un mausoleo que requiere mantenimiento y que se sostiene gracias al ocasional cuidado de peregrinos devotos de la poesía, se encuentra la tumba del poeta Vicente Huidobro. El epitafio reza:

Abrid la tumba / Al fondo de esta tumba se ve el mar.


[Gonzalo Vélez]


Arte poética
autor: Vicente Huidobro

Que el verso sea como una llave
Que abra mil puertas.
Una hoja cae; algo pasa volando;
Cuanto miren los ojos creado sea,
Y el alma del oyente quede temblando.

Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;
El adjetivo, cuando no da vida, mata.

Estamos en el ciclo de los nervios.
El músculo cuelga,
Como recuerdo, en los museos;
Mas no por eso tenemos menos fuerza:
El vigor verdadero
Reside en la cabeza.

Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas!
Hacedla florecer en el poema ;

Sólo para nosotros
Viven todas las cosas bajo el Sol.

El Poeta es un pequeño Dios.


¿ Te gustó ? ¡ Ven y acércate amablemente a la poesía !


*** *** ***