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sábado, 13 de diciembre de 2008

Otro de Bécquer: ¿Volverán las oscuras…?

La verdad es que el tiempo pasa, aunque es lo menos de lo que nos queremos dar cuenta.
Al principio de la vida es difícil percibir esto. Parecería que el tiempo es tiempo, y ya. Pero resulta que el tiempo es tiempo, y todo.

El tiempo no es cualquier cosa. Se diría que no transcurre. Sobre todo hoy-en-día, que tanto nos hemos desligado de la naturaleza. Pero se nos escapa, “para nunca más volver”, como dice la canción.
Los antiguos llamaban a esto Tempus fugit: el tiempo que se va, se va, se va… ¡…y se fue!

Antes de que se inventara la luz eléctrica, el día era el día, y la noche era la noche. Hoy, ya no se sabe. O el asunto es relativo. O la hora es la hora que tú quieras.
No obstante:
El minuto que se fue, se fue. Y jamás habrá de regresar.
El mensaje es gozar el momento. Cada momento. Carpe Diem, es lo que recomendaba el poeta clásico.
O sea: disfruta el hecho de estar viv@.

Este por lo general muy conocido poema de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) nos refiere, en un principio, esa sensación.
Pero, al mismo tiempo, por todos lados está imbuido de sentimentalidad romántica, que, por supuesto, era la esencia del romanticismo. O sea:
El creador, el artista, en el centro del cosmos universo. Todo lo demás gira a su alrededor, y todo lo que pasa en el mundo le pasa a él. Y ya.

Fíjate en el poema:
Las cosas de la vida que llegan por temporadas, seguirán llegando.
(Bueno: hay lugares donde las golondrinas, tanto las oscuras como las claras y todas las demás, dejaron de llegar a causa de la suciedad de los aires urbanos, o porque de plano se extinguieron, es decir: las extinguimos…)

Pero la pobre ex de la voz poética del venerado Gustavo Adolfo (al menos eso es lo que la voz poética cree, o quisiera creer), habrá de sufrir (¿cómo podría no hacerlo?) con su ausencia. La de él.

Es curioso, porque lo que a la voz, o digámoslo: a Bécquer, según el poema, lo que le importa es:
a) la hermosura de ella; y
b) la dicha de él.
Y claro que no nada más a Bécquer: este poema es, precisamente, expresión de cierta sensibilidad que estaba de moda en su tiempo, o que imperaba durante el tiempo de sus breves 34 años de vida.
Sensibilidad que tod@s en la humanidad gozamos y sufrimos desde entonces, en mayor o menor medida.

Al final del poema, el amado rechazado, siguiendo esta actitud a la que hoy llamaríamos narcisista, condena a la amada que lo rechazó al peor de los suplicios que el amado rechazado puede figurarse: ¡privarla a ella del amor de él…! ¡Ingrata!
Y a continuación la condena:
“Escucha, tú que me mandaste a volar, y entérate de lo que te pierdes: nadie te volverá a amar como se ama a Dios ante el altar, ‘mudo, absorto y de rodillas’”.
¡Uy!

Pero ¿te imaginas, amiga, que un admirador tuyo crea que tú eres Dios, y que te prometa amarte “mudo, absorto y de rodillas”?
Vendría mucho mejor un amante menos divino, pero con buen discurso, que no se quede hecho un tonto, y que no permanezca de rodillas más que lo indispensable en los juegos siempre cambiantes de posiciones del amor.
¿O no?

La conclusión sería que a Bécquer le gustaba sufrir por sufrir.
¡Ah, pero la pasión: qué sabrosa es…!


Volverán las oscuras golondrinas
autor: Gustavo Adolfo Bécquer

Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y, otra vez, con el ala a sus cristales
jugando llamarán;
pero aquéllas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha al contemplar,
aquéllas que aprendieron nuestros nombres...
ésas... ¡no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde, aun más hermosas,
sus flores se abrirán;
pero aquéllas, cuajadas de rocío,
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer, como lágrimas del día...
ésas... ¡no volverán!

Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón, de su profundo sueño
tal vez despertará;
pero mudo y absorto y de rodillas,
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido..., desengáñate:
¡así no te querrán!






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